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Fútbol, putero y religión

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Marginalidad for export

Fuera de la filmografía de Esteban Schroeder (El viñedo, 2000 y Matar a todos, 2007), el cine uruguayo se ha mostrado más bien reacio al género policial, por no extender la apreciación a todo género ajeno al costumbrismo, donde Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella hicieron escuela con 25 Watts (2001) y Whisky (2004). Quizás haya que buscar otros antecedentes en el (no tan) documental Aparte (Mario Handler, 2003), donde una cámara seguía las historias cotidianas de tres personas ubicadas en los márgenes socioeconómicos de la población. Hay también una inevitable referencia a Cidade de Deus (Meirelles y Lund, 2002), en el interés puesto en la acción y la violencia desatadas en contextos marginales.

Reus se ubica en el barrio de ese nombre para narrar la interacción entre tres subculturas diferentes: los comerciantes judíos y propietarios de las tiendas del barrio (materializados en el personaje de Don Elías, que encarna Walter Etchandy), los “chorros” (cuyo cabecilla es el recién liberado de la cárcel, “El Tano”, que interpreta magistralmente Camilo Parodi) y los “pastabaseros” (que más que tener una figura central funcionan como un grupo anárquico y hedonista). Al estilo de Crash (Paul Haggis, 2004), el contacto entre los tres mundos, los tres códigos, los tres conjuntos de intereses irreconciliables, se da únicamente mediante choques. Y, como daño colateral, las dos familias se ven afectadas por el enfrentamiento (en “los planchas” el costado familiar está cercenado), más que nada Esmeralda, la novia del Tano (Micaela Gatti) y el hijo autista de ambos, Maykol (Gabriel Villanueva); además, “el Chirola” (Mauricio Navarro) funciona como inflexión entre los dos últimos grupos, siendo un “ladrón con códigos” pero con inclinación al consumo de pasta base.

Imagen de la película, S/D de autor.

Sería un error buscar la vuelta ideológico-política a la película, o al menos en el nivel del discurso explícito (siempre hay discurso subterráneo), con excepción de alguna crítica a la corrupción policial. Se trata de un filme que converge todos sus recursos (materiales, humanos y creativos) a dos fines específicos: contar una historia sin nada que se interponga demasiado en la narración (la fotografía es funcional, el guión, sumamente económico) y lograr una estética visual y sonora (desde el lenguaje plagado de insultos a la música, sobre todo cumbia y hip-hop) que acompañe una pretensión de realismo crudo. En esta búsqueda, y al estilo de El baño del Papa (Charlone, 2007), el casting incluyó actores profesionales (Etchandy lleva décadas sobre las tablas del Teatro del Círculo, Camilo Parodi tiene una extensísima carrera teatral en Argentina) junto a otros novatos (Alberto Acosta, quien interpreta a “El Negro” jamás había actuado antes, al igual que la mayoría de los “planchas”).

Hay que destacar la precisión con que los tres directores conducen la hora y media que dura Reus. Las escenas de acción tienen la precisión justa, el ritmo jamás decae, los diálogos (que abusan un poco del sociolecto marginal) están escritos con la economía necesaria para dejar ver las motivaciones de cada personaje. Abundan los primeros planos, las cámaras movidas para las situaciones más adrenalínicas; hay (¿por primera vez en nuestro cine?) una escena de sexo explícito, con un erotismo que comparte, por ejemplo, con el beso en El cuarto de Leo (Buchichio, 2009) (no hay duda sobre cuál es EL BESO en la película). Hay explosiones emotivas (donde se destaca Micaela Gatti), violencia explícita (que incluye ejecuciones “a sangre fría” y golpizas), planteamientos morales de bajo vuelo (que conducen básicamente a la conclusión de que todos los involucrados son a la vez buenas y malas personas) guiños al imaginario popular (aparecen Alberto Kessman y El “Nano” Folle) y tomas virtuosas (las aéreas en el inicio y en los créditos, el plano final en las azoteas, los interiores en el baile de cumbia y en la sinagoga), sobre un guión que es quizás de los más "profesionales" que se han filmado en el país.

Reus, más que aportar una reflexión novedosa sobre el fenómeno que pretende retratar, se prende de la temática en boga para generar interés. Muy distinto era el caso de Aparte, que, más allá de su cuestionado estatus de documental, pretendía sensibilizar al espectador con una mirada rápida hacia el “otro lado”. Es, a pesar de sus escasas pretensiones artísticas, una película muy bien lograda en el aspecto técnico, que entretiene y que abre (como La casa muda) caminos saludables para el cine nacional. La película, según la web oficial, lleva 25.000 entradas vendidas y –a pesar de la ausencia de explosiones y disparos de ametralladora- podría tranquilamente competir con muchos de los productos del mismo género que nos llegan desde el Primer Mundo. No es poca cosa.

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