El otro Camus

Si hay tres apellidos inevitables de las letras francesas, que además hayan trascendido fronteras (territoriales y teóricas), son los de Sartre, Lévi-Strauss y Camus. De autoría de este último, el sello Debolsillo de Editorial Sudamericana acaba de editar un libro que une dos grupos de escritos inclasificables: Bodas y El verano.

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Aquellos que hayan leído El extranjero o La peste podrían no reconocer al Nóbel de 1957 en las páginas de esta amalgama de libros. Es que el tono austero – de peso narrativo, ajeno a vuelos poéticos, de frases cortas y plagadas de verbos- que tiñe sus dos novelas más famosas, no es la tónica de estas Bodas. Borges dijo alguna vez, y con leve desprecio, que el barroquismo es el curso natural de escritores jóvenes, como forma de cubrir el vacío de cosas para decir. No es el caso de Camus, que aunque escribió Bodas a sus veintiséis años, fechó los textos de El verano en la década del cincuenta. Hay barroquismo, sí, en las secuencias descriptivas (que un lector habitué de Carpentier encontraría muy disfrutable) pero no como escenografía de cartón sino como resultado de la amalgama de múltiples líneas que se cruzan en forma de rizoma (ese tipo de raíz “entreverada” que Deleuze y Guattari tomaron prestado de la botánica para metaforizar los desarrollos no-lineales en las disciplinas).

Camus nació en Argelia en 1913. Muy en la línea de los escritores "comprometidos" de la época (como Hemingway), sus comienzos en el terreno periodístico fueron sinuosos como consecuencia de sus ideas políticas: su afinidad por la independencia de Argelia (colonia francesa en ese entonces) le hizo perder su primer trabajo en el periódico Combat y tuvo que migrar a París, donde pasó su juventud entre letras (en la legendaria editorial Gallimard) y pancartas (con la Federación Anarquista parisina). En la inestabilidad de la Resistencia francesa al ejército alemán, un giro del destino (casi con moraleja) hizo que lo designaran Jefe de Redacción del periódico de donde lo habían echado pocos años antes. Tuvo a su cargo en ese diario al músico y escritor Boris Vian, antes de que fuese el Boris Vian que conocemos.  Bajo el amparo de lo que llamó Filosofía del absurdo, escribió varios ensayos criticando reflexivamente al marxismo y el cristianismo, en obras como El mito de Sísifo. Fue maestro de la renuncia: supo abandonar su puesto en la ONU cuando ésta decidió aceptar a España bajo el dominio del General Franco. También renunció a Combat cuando el Directorio lo amonestó por oponerse al lanzamiento de la Bomba sobre Hiroshima y Nagazaki. Fue miembro, junto con George Orwell, del Movimiento Federal Europeo, proyecto que cayó cuando Churchill asumió el poder británico y promulgó el modelo político opuesto que serviría de base para la formación de la actual Comunidad Europea.

“La boda entre el hombre y su tierra”

En Bodas –una especie de diario de viaje confuso, casi sin acción- el tono es, más que narrativo, pictórico: Camus se detiene con minuciosidad de pintor impresionista en los detalles mínimos de las zonas de Argelia que va visitando. Sería una especie de pintura en cinco sentidos, o más, ya que las sensaciones se van entrelazando con reflexiones de corte existencialista. (Los críticos franceses etiquetaron a Camus justamente como “narrador existencialista”, junto a –obviamente- Sartre, Malraux y de Beauvoir, como respuesta al surrealismo imperante en las décadas anteriores y con influencia de la narrativa norteamericana de Faulkner y Dos Passos; Camus supo desentenderse de la etiqueta.)  Amalgama de crónica, ensayo, cuento y autobiografía, Camus realiza una gran oda a la tierra, a la naturaleza y a la fuerza vital de Argelia, oponiéndola –y de paso, criticando- a la hiperintelectualización de los circuitos europeos. Todo complementado con anécdotas, diálogos oídos en las calles, historia de los lugares y mucha introspección. Además, Camus “discute” con clásicos de la cultura universal (se pelea con los pintores italianos del Trecento y el Quattrocento como Piero Della Francesca y Giotto) y de los próceres culturales franceses (se pelea con otro Nóbel, Gidé, con el liberal Barrès, relativiza al clásico Flaubert). El último texto de Bodas contiene un leit-motiv importante en todo el libro: “vivir, claro está, es un poco lo contrario a expresar”.

 

Varias cosas bajo el sol

El segundo libro, El verano, es más racional, menos intenso, y a diferencia de Bodas, se compone por textos con registros más heterogéneos. “El Minotauro o alto de Orán”, además de reflejar la obsesión por los griegos presente en toda la obra de Camus, es una especie de guía turística marginal, honesta, sin intención de vender nada. La violencia de la ciudad africana aparece como agresividad en sus formas más puras, como oposición a la otra violencia, la de la II Guerra Mundial, que empezaba a asolar Europa ese mismo año. El breve “Los Almendros” habla de la fuerza del espíritu y se retrotrae a la Guerra de los Cien Años sin intención de moraleja o metáfora alguna. “Prometeo en los infiernos” es el texto “más ensayo”: con mucha inteligencia, Camus analiza el mito desde una óptica humanista y traza una posible ética centrada en el héroe griego y su sufrimiento como oposición (indirecta, sugerida) al calvario de Jesús que signa la moral occidental (no es detalle menor la afiliación primero comunista y luego anarquista del autor).

b_300_200_16777215_0___images_stories_camus.jpgLuego de dos textos muy descriptivos (“Pequeña guía para ciudades sin pasado” y “El destierro de Helena” [otra vez los griegos]), aparece “El enigma”, un ensayo literario donde Camus despliega toda su ironía y un humor punzante contra los cánones de la literatura francesa de mediados de siglo. Se para contra la postura neorromántica de identificar al autor con su obra, refuta el concepto de texto autobiográfico (toda palabra es ficción, diría años después José Saer) y el lobby parisino, con algo de actitud hipster. “Retorno a Tipasa” es el regreso, veinte años después, al texto que abre Bodas; se nota el paso del tiempo, de la Guerra Mundial, en la percepción sensible. El retrato es más oscuro, melancólico: expresionista. “En el mar” cierra el libro, y hubiera sido acertado alterar la edición para colocarlo penúltimo, de forma que el libro cierre, de forma elíptica, con el mismo lugar que lo abre. Quizás por eso da la impresión de que este diario de viaje marítimo sobra; tal vez sea su regreso a la poética de los textos de Bodas; quizás el tono quedado le da el aire de hastío que respiró el propio Camus en las aguas. Se puede leer como una actualización realística de La Odisea, donde el monstruo es la soledad en la cubierta y las tierras extrañas son las costas de Sudamérica (menciona al pasar: “... la inmensa planicie de la Argentina cubierta de insectos, unía con un solo aletazo los prados uruguayos...).

No sólo se trata de un libro inusual dentro de la obra de Camus. También es una lectura interesante del rizoma –aún inmaduro- que sería base de una vida y obra extensas y con muchas líneas claras; además de la mitología griega, la búsqueda de la ética humanista, el amor por Argelia y la postura “neutral” de Camus en la guerra civil (abogó por la seguridad de los ciudadanos comunes, rehenes del enfrentamiento entre los dos bandos). Si bien el libro, por su densidad, puede ser pesado para algunos lectores, es un lugar inevitable para complementar con el otro Camus, el narrador, que en el fondo (en la raíz) es el mismo.

 

Bodas/El verano, de Albert Camus.

Febrero de 2011, 176 páginas.

Editorial Debolsillo/Sudamericana.

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